Concha CasasSe miró al espejo para comprobar si se reconocía en él. Efectivamente la imagen que este le devolvía era la suya de siempre. No había cambiado. Aún así acercó su cara para mirar al fondo de sus ojos. Tenía que notarse, en algún lugar de su alma estaban ocurriendo cosas nuevas y eso debería reflejarse en alguna forma.

A pesar de que su aspecto físico dijera lo contrario, estaba tan confundida que no se reconocía a si misma. Los pensamientos que últimamente rondaban por su cabeza no eran suyos. Quizás la rápida sucesión de los últimos acontecimientos y la profusión de ellos la habían trastornado. Sin embargo ya no era ninguna niña, con treinta y cinco años bien cumplidos tenía capacidad más que de sobra para discernir qué sentía y qué no… o al menos debería tenerla.

Vivió con su primer marido doce años, se casó embarazada y enamorada. Las dos cosas se pasaron, la primera al nacer Luisito que la convirtió en madre para siempre y la segunda cuando este apenas empezaba a andar. Aún así, por el bien del niño, aguantaron hasta que no aguantaron más.

Tras un año de libertad relativa, con un hijo todo es relativo, conoció a Ignacio y vivieron tres intensos apasionados años de amor. Ahora, de nuevo estaba sola, al menos vivía sola, porque nunca hasta entonces había estado tan acompañada.

Recordaba, cuando era pequeña, a su madre cantar coplas de amores imposibles, con un triángulo dramático en el que la protagonista sufría lo indecible. Luego ella misma vivió en su primera juventud algún que otro momento de trío. Pero lo que le ocurría ahora no lo había oído en las coplas, ni en ningún otro lugar.

En ese momento en su vida no había un hombre, ni dos, sino tres. Lo más curioso era que sonaba a chiste y lo más triste es que era cierto. Incomprensiblemente los quería a los tres. Cuando estaba en brazos de Antonio, pensaba que los otros dos eran un espejismo y que en realidad a quien quería era a él. Sin embargo cuando Emilio la dejaba exhausta tras sus inigualables noches de amor, estaba convencida que en realidad el amor de su vida era este y ningún otro.

Pero cuando Pedro la acariciaba de esa manera tan única y especial como  él sabía hacerlo, llegaba a la conclusión de que no podría vivir nunca más, sin sentir en su piel el tacto de la suya.

No podía renunciar a las conversaciones del primero, ni a la pasión arrebatadora  del segundo,  ni a la nostálgica dulzura del tercero.

Llegaron casi a la vez a su vida. Los fue conociendo uno a uno y todos ellos supieron de la existencia de los otros dos. Como al principio no había nada, sencillamente un juego en el que apenas empezaban a conocerse, ninguno de ellos vio en los otros un rival. Sin embargo, con el paso del tiempo  y la continuidad de todos ellos, cada uno reaccionó a su modo.

Antonio le aseguraba cada vez, que en realidad el único al que quería era a él, que era  cuestión de tiempo el que ella se diese cuenta. No tenía prisa, se lo daría.

Emilio, mucho más impetuoso, se indignó muchísimo al principio, pero ante la posibilidad de perderla, decidió seguir como si fuese el único, e ignorar la existencia de los otros dos. Y Pedro, con diferencia el más práctico de todos, le pidió que le mintiese y se comportase con él como si no hubiese nadie más en el mundo. No necesitaba nada más.

La confusión de Carmen era tal, que apenas cerraba los ojos confundía sus nombres, hasta que decidió referirse a todos ellos de la misma manera para evitar equivocaciones  desagradables. Los tres pasaron a ser “mi amor”.

En los momentos de euforia se sentía encantada y feliz, era amada y deseada por los tres hombres que llenaban su vida y su corazón, pero ese sentimiento era apenas un espejismo,  enseguida se veía desbordada por una situación que la sobrepasaba.

Estaba loca y si no lo estaba,  no tardaría en estarlo. Sentía tambalearse todo el equilibrio que tanto le había costado conseguir.

A veces se preguntaba el origen de su desasosiego y en sus momentos de mayor lucidez lo achacaba a las normas sociales y culturales, tan interiorizadas que funcionaban en su cerebro como la mejor de las barreras.

Pero por más intentos que hacía para ordenar el desorden de su vida, no lo conseguía. Ninguno de los tres estaba dispuesto a renunciar a ella y peleaban por su parcela de cariño como si les fuese en ello la vida. O sea que los débiles intentos de Carmen quedaban reducidos a cenizas, apenas alguno de los tres notaba el más mínimo movimiento disuasorio por su parte.

Menos mal que tenía a Luisito. Si de algo sirve ser madre es sobre todo para mantener los pies en el suelo. Quizás le debía a su hijo el seguir conservando la razón. Y eso que en los últimos tiempos, a pesar de él, sentía que la perdía.

Por eso se miraba, o mejor dicho, se escrutaba en el espejo.

A veces cuando iba por la calle sentía que la gente la miraba, como si llevase un cartel en la frente, en el que todos pudiesen ver su extraña situación. Y por eso no dejaba de sorprenderse al comprobar, que la imagen que le devolvía el espejo era siempre la misma.

A veces también pensaba que quizás no quisiera a ninguno y que cuando apareciese su verdadero amor se olvidaría de los tres.

Pero este pensamiento le duraba apenas, lo que tardaba en estar en los brazos de alguno de ellos y volvía a llenarse de esa plenitud única que da sentirse abrazada por  la persona amada.

Esa mañana al mirarse en el espejo suspiró. Seguiría observándose y mientras la imagen que le devolvía el vidrio fuese la misma, aguantaría.

Con esta decisión sonrió a su reflejo, que le devolvió la sonrisa. Lo que ella no vio al darse la vuelta, es que ésta también le hizo un guiño.

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