Ilustración: Leónidas Gómez Álvarez
Ilustración: Leónidas Gómez Álvarez

Érase una vez un rey casado con una bellísima reina, ambos amados por su pueblo (un pueblo multiétnico, por supuesto). Él era un rey comprometido y en su reino prosperaba la alianza de civilizaciones, tanto de pueblos y religiones como de razas. Daba subvenciones a intelectuales, y artistas modernos. Parte del presupuesto del estado se dedicaba a tender puentes entre culturas y ser solidarios para luchar contra el hambre, la ignorancia y la barbarie.

A los reyes, que eran muy deportistas, les gustaban los deportes de invierno y héteme aquí, que un día que estaban esquiando, la reina se distrajo pensando que Moody’s había bajado la deuda soberana del reino al nivel de bono basura, y que la presión de los “mercados” y de las agencias de calificación ponían en riesgo la solvencia de su amado país.

Esta distracción le hizo tener un pequeño accidente, y cortándose el brazo con el esquí, empezó a brotar sangre de la herida. El rey se fue corriendo a auxiliarla, y la reina,  viendo las gotas de sangre en la nieve, le dijo al monarca:

— Me gustaría tener una hija a la que vestiría siempre de rojo, y a quién llamaríamos Blancanieves.

— Tranquilízate -dijo el rey.-Aunque por internet las noticias al respecto son como patadas en los webs, tengo información on-line en mi Facebook de que los tipos han bajado un cuarto de punto, así que resistiremos a los especuladores. Respecto a Blancanieves, haremos lo que tú quieras.

Nota: Para evitar falsas interpretaciones racistas, agresión dolosa, discriminación sexual y étnica, hay que señalar que si las gotas de sangre hubieran caído en los esquís, que por cierto eran negros, el personaje se habría llamado Negranieves, pero la abundancia de nieve en una pista de esquí, propició que cayera en la blanca nieve.

Si se diera angustia emocional en los/las pequeños /pequeñas lectores/lectoras de este cuento, o bajas laborales en sus progenitores si se lo estaban leyendo para dormirlos, descargamos toda responsabilidad si pretendieran una indemnización económica por los cargos citados anteriormente.

Blancanieves nació dotada de una belleza singular, lo que no le impedía cuestionarse de paso el reparto convencional de los papeles del hombre y la mujer, abocada ésta tradicionalmente al cuidado de los hijos y labores de la vida familiar. Tuvo la desgracia de quedarse pronto huérfana de madre; y el rey después de llorar amargamente la pérdida de su esposa y reina, por necesidades de estado tuvo que volver a casarse en segundas nauseas para no dejar vacío el puesto de reina.

La bella Blancanieves no consiguió hacerse querer por su madrastra, que era una bruja en todos los sentidos de la palabra: tenía estudios de hechicería por Hogwarts, el colegio de Harry Potter, y había compartido magia negra con Voldemort. Destacaban en su equipo de magia un kit para fabricar pociones venenosas, otro para cambiar de aspecto, y un espejo que, como Wikipedia, le daba respuestas a todas sus preguntas.

Una educación sexista y el condicionamiento social donde se crió la madrastra, le hizo ponderar falsamente la escala de valores, y siendo una mujer insegura, dedicó todo su empeño en la belleza física, poniéndose histérica de los nervios si no era la mujer más bella del reino.

Un día cuando Blancanieves ya despuntaba a la pubertad, y su belleza física no desmerecía en absoluto a sus valores morales ya ensalzados, la reina le hizo a su espejo la pregunta diaria:

— Espejo, espejito mágico, alégrame el día; dime como siempre que soy la más hermosa del reino.

El espejo le contestó:

— Reina y señora,

Ya no lo eres.

Ahora te supera en belleza Blancanieves.

— ¡Se va a enterar la niñata esta! – exclamó la reina. Y llamó a su estilista para que le hiciera un lifting, una depilación a la cera, una mascarilla de aguacate, un contour de ojos a base de retinol y liposomas activados y para finalizar un peeling con sales del Mar Muerto.

Después de esto volvió a la carga.

–Espejo, espejito, no me fastidies, que voy a acabar haciendo un curso de autoestima; dime quién es la más bella del reino.

— Reina y señora -contestó el espejo, – me encantaría deciros que vos. Pero mi ética profesional me obliga a responder : Blancanieves.

–Maldito espejo, que tienes menos imagen que un televisor de madera – dijo la reina. — Si no trajese mala suerte, te daba un cacharrazo que te partía en trozos.

Mandó llamar a continuación a un cazador real y le ordenó: –Llévate a Blancanieves al bosque, la matas y me traes su corazón, y yo te daré un cuponazo “nomina” como los de la ONCE, para que tengas tu porvenir asegurado.

El hombre salió al campo con la niña y de camino iba meditando: – Se empieza por hacer pactos cobardes y concesiones a tu conciencia y se acaba rompiendo tus esquemas preconcebidos, y cayendo en la ambigüedad de una sensibilidad existencialmente frustrante.

Al llegar al bosque, mató un cervatillo, le arrancó el corazón y le dijo a la niña: -Huye, he hecho una reflexión de resonancias sociológicas, fabulísticas, éticas y sentimentales, que me impiden seguir las instrucciones de tu madrastra, mi reina. Así que intérnate en el bosque y no vuelvas nunca más.

Se volvió al palacio y le entregó el corazón del cervatillo a la reina, quien lo hizo llegar al cocinero real; éste lo preparó en un guiso nouvelle cuisine con: chalotas, ajetes tiernos, virutas de trufa, dos dientes de ajo, vinagre de Módena, tomillo, laurel, zanahoria, y medio vaso de vino de Sauternes etc. y la muy antropófaga se lo comió.

Por su parte Blancanieves se internó en lo más recóndito del bosque y después de correr horas y horas, se encontró con una cabaña. Al entrar vio siete camitas desordenadas, siete juegos de mesa, platos, cubiertos, vasos, etc, siempre en números de siete, así como un montón de ropa sucia y apestosa, todo más negro que un contenedor de kanfor. Se puso a limpiar como una loca, hizo las camas, puso el lavavajillas y la lavadora y finalmente, con la ayuda de los pajaritos, tendió la ropa.

Agotada del día de perros (metáfora descriptiva aunque ofensiva para la especie canina, por lo que pedimos excusas), y del trabajo en la cabaña, muerta de sueño y cansancio, se tendió en las camitas y rápidamente se quedó dormida.

Cuando ya anochecía, todavía medio dormida, empezó a oír un sonsonete que se acercaba:

I go, I go,

A casa a descansar …

De pronto se despertó y vio siete rostros barbudos, y a su alrededor unos hombrecitos, con los cuales la madre naturaleza no había sido generosa al dotarles en altura.

Nota: la palabra enano según el diccionario Maria Moliner se aplica a personas de estatura anormalmente o exageradamente pequeña. Nosotros para ser políticamente correctos decimos que son personas no exageradamente altas.

Uno de los hombrecitos dijo: –Creíamos que por estar en el bosque y alejados de la inquietante degeneración de una sociedad urbanita, íbamos a estar sin la preocupación del “movimiento okupa”, y ahora viene la muchachita esta a turbar nuestra paz, soledad y retiro; y más turbar todavía el ambiente, al ser del género femenino. Además rompería el equilibrio tan largamente conseguido por nosotros; pues intentaría con la coquetería innata de las mujeres, hacernos competir para obtener sus favores y afectos.

–Estoy de acuerdo – dijo otro de los hombres pequeños, – debemos decirle que se vaya, o dejarla en el bosque y que se la coman las alimañas.

–Echémosla – dijo el gruñón. –Con sus encantos de mujer conseguirá que nos peleemos entre nosotros.

–Pues, a mí me cae bien – dijo el mudito. Todos pensaron que si había roto su mudez, algo importante era lo que había dicho.

–Cuéntanos tu historia – dijo el que había manejado el cotarro, el sabio.

–Si estoy en vuestra cabaña no es porque sea del movimiento okupa, ni de los indignados con los desahucios; es que la malvada de mi madrastra ordenó a un sirviente que me matara y éste se apiadó y me dejó huir dentro del bosque.

Tened compasión de mí, yo trabajaré gratis para vosotros, os limpiaré la cabaña todos los días, cocinaré, lavaré vuestra ropa sin cotizar a la S.S. ya que aquí dentro del bosque

no creo que llegue ningún Inspector de Trabajo, incluso parece – dijo con sorna – que esta cabaña no tiene licencia de obras ni cédula de habitabilidad. ¡Ah! y por si os suena de los cuentos, me llamo Blancanieves.

–Que se quede, que se quede – gritaron los siete a la vez.

–Así lo haré, siempre que mantengáis vuestra testosterona a raya y no intentéis considerarme una mujer objeto, !ah¡ y de guarrunas sexuales nada de nada pues es bien sabido lo sexistas y salidos que son las personas de crecimiento vertical limitado, al margen del priapismo que se os atribuye. Y ya que voy a cargar con todas las labores del hogar, puesto que la paridad de sexos entre las personas no incluye que trabaje en la mina, me atrevo a preguntaros: ¿quiénes sois vosotros?

El dormilón respondió -Somos los siete magníficos, no los de Akira Kurosawa ni John Surges, sino magníficos en cualidades morales, éticas, en amor a la naturaleza, hasta el punto que nuestra mina de diamantes, de la que tanto tiempo hemos estado despojando a la naturaleza de sus agotados recursos, hemos decidido convertirla en un Hogar del Minero Jubilado para vivir en armonía con el medio ambiente-.

Tras ser aceptada Blancanieves en la comunidad, el tiempo empezó a pasar con felicidad en la cabaña, hasta que un día la madrastra, que estaba leyendo el Hola y pintándose las uñas ; como mujer llena de inseguridades de su frágil personalidad, se acercó al espejo mágico y le volvió a preguntar:

–¿Soy yo la más bella del reino? – y el espejo naturalmente le contestó la verdad: – Tras tus pasadas por el quirófano, has mejorado algo, pero comparada con Blancanieves eres caca de la vaca.

–Y ¿dónde está esa niñata?

–Pues vive en la cabaña de los siete disminuidos físicos, en el bosque.(Esta inadecuada expresión, la transcribimos por ser el espejo un objeto inanimado, sería impresentable dicha por una persona humana).

–¡Se va a enterar!

Siguiendo con cuidado las instrucciones del dossier de venenos de Voldemort, la reina mojó las púas de un peine en una potente pócina altamente tóxica, se disfrazó de  vendedora ambulante y se acercó a la cabaña.

–Bella niña, cómprame esta peineta, que te quedará de maravilla.

Blancanieves, que no se había percatado de que la anciana era la reina disfrazada de marginada social, respondió:

–No señora, que no tengo un euro y no puedo pagarla; además no quiero caer en esta sociedad consumista que abomina de la quieta espiritualidad que estoy consiguiendo en este bosque.

–Pruébatela, leñe – insistió la madrastra, y, presa de un arrebato incontrolable, le clavó la peineta en la cabeza.

Inmediatamente, Blancanieves cayó al suelo con la peineta clavada en el moño.

Cuando llegaron los siete propietarios de la casa, y la encontraron en el suelo, le arrancaron el peine en seguida, y afortunadamente volvió en sí, porque la niña entre la cantidad de caspa y porquería que tenia en la cabeza, que podría haberle crecido una mata de claveles en el pelo , de resultas de esto, el veneno no había penetrado lo suficiente.

Pero la reina, que el espejo la había vuelto a ningunear, tomó una manzana e introdujo la mitad en una poción tóxica, alterada genéticamente. Se disfrazó de rumana con una cesta al brazo, y volvió a acercarse a la cabaña.

–Oye, mi niña, que tienes carita de azucena y los cabellos de oro.

Veo que vives en un entorno ecológico, y cumples con los más rigurosos estándares de sostenibilidad , y yo que también asumo significativamente una huella medio ambiental, y aquí entre nosotras, tengo una conciencia ecológica que me hace tener mi huerta sin abonos ni fertilizantes químicos, tampoco insecticidas órganofosforados, ni dicumarinas  para matar roedores: y como ejemplo, mira esta manzana.

Mordiéndola en la mitad sana, le pasó la otra mitad a Blancanieves; la muchacha, aunque desconfiaba de extraños desde lo del peine, y por otra parte no proclive a consumir alimentos sin garantías sanitarias controladas, ante esta muestra de integridad y conciencia medio ambiental, mordió la parte envenenada y cayó fulminada.

Mientras, la madrastra salía a toda pastilla para regresar a su palacio, donde el espejo le confirmó que, salvo noticias de última hora, ella era la más hermosa del reino.

Cuando los siete gigantes de la ética protestante del trabajo, volvieron aquella tarde de la mina, venían contentos cantando su típico: “I go I go, a casa a descansar”; y al llegar a la cabaña tendida en el jardín estaba Blancanieves.

¿Qué ha ocurrido? Exclamaron a coro. Y después de intentar inútilmente reanimarla, se retiraron a deliberar.

El dormilón dijo: – Fabriquémosle un ataúd de cristal, para seguir viéndola siempre.

Y asi lo hicieron.

Pasado el tiempo, un príncipe que cruzaba el bosque persiguiendo una pieza de caza, se topó con la cabaña y  tras pedir para él y sus cazadores agua o cualquier bebida isotónica a los señores de crecimiento inadecuado, observó en el interior de la cabaña la urna de cristal e inmediatamente quedó encantado de la belleza de Blancanieves y enamorado de ella.

El príncipe les propuso a los señores limitados verticalmente, que le permitieran llevarse a su castillo a Blancanieves, donde sería la atracción de un Gran Parque Temático, que contaría con el castillo, los jardines, terrenos y bosques del mismo, zonas de picnic, amplios aparcamientos , e incluso la antigua mina de diamantes, convertida en Hogar del Minero Jubilado formaría parte del circuito turístico. Idea que fue aceptada por los siete sin la menor discusión.

Al trasladar el ataúd a su castillo, la carretera que estaba llena de baches, dado que los responsables de su mantenimiento se habían quedado con la pasta; originó que el ataúd se removiera y de la boca de Blancanieves se cayó el trozo de manzana y la muchacha se despertó.

Había tenido la suerte al desvanecerse, de no ver la película de su vida , que dicen que se percibe, cuando se está en trance de muerte; porque si ya es desgracia morirse, encima ver una película de cine y que te toque del moderno cine español, hubiera sido el colmo.

El príncipe que ya estaba enamorado como un rucho, le pidió que se casara con él, y la muchacha le dio el sí.

A la boda, como representante de un reino vecino, fue invitada la madrastra a la que el espejo mágico ya le había dicho que la futura reina era mil veces más bella que ella, sin saber que era su hijastra.

Al verla en la ceremonia, Blancanieves se lo contó todo al príncipe; quien mandó detener a la malvada madrastra y colocándole unos zapatos de hierro, con veinte centímetros de tacón y plataforma, previamente calentados al fuego, la hizo bailar hasta caer muerta.

El Parque Temático fue un éxito, todo como estaba previsto, salvo el ataúd, que fue substituido por otro, importado de Transilvania.

 

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