La abuela

–¿Por qué no me besa la abuelita? -preguntaba enojado el nieto.

–No tiene importancia -le contestó amablemente su padre-. Seguramente, no se dio cuenta…

–¡No es verdad!… Nunca quiere besarme, -replicaba el nieto con cierta amargura y decepción.

–Mira, hijo mío: los besos, no tienen importancia, son simples saludos, normas sociales, formas de cortesía…  ¡qué sé yo! Es una costumbre fácil y rutinaria de demostrar cariño, aunque a veces, lamentablemente,  se convierte en un mero teatro, en un fingir. Sí, hijo,  la abuelita, -mi madre- es una persona muy especial, inconforme siempre, prefiere que le demuestren el cariño de una forma más auténtica y pura: más real y sacrificada.

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–¿Qué quieres decir, papi? No te entiendo bien con eso de: «auténtica, pura, real.»

–Pues sí, hijo, quiero decir, que tal vez la abuelita desearía recibir muestras de afecto menos histriónicas o teatrales, más naturales, ¿no? Seguramente le  gustaría recibir el cariño de una forma diferente y atestiguada, viendo como le ayudan a traer las bolsas de la compra, o bien, invitándola cualquier día a un buen helado en una tarde calurosa de verano, o tal vez, tirándole la bolsa de basura sin esperar que lo pida, o fregando los platos de la comida, o no apareciendo todos los nietos y familiares en el mismo día para comer. Así de fácil.

–Ummm… pensó el nieto:

-«Pues creo que es más  cómodo seguir con lo rutinario,  darle dos besitos en la cara, y ya está, ¿no?.»

Ciertamente que el nieto tenía razón en su pensar y razonamiento, era más fácil, más cómodo y simple, darle dos besitos a la abuela en la cara, que cargar con unas bolsas malolientes, pesadas y llenas de basura. Es evidente que una sociedad cargada de egoísmos ha evolucionado hacia un aparentar, un quedar bien, una falta de amor y sacrificio camuflado en el uso de símbolos que nada dicen y nada aportan a las personas más exigentes. Las que no se conforman con el mero formulismo de la vida establecida. Así es.

La abuela1La abuela, que había criado y educado, con el mayor cariño y voluntad posible a cinco hijos. Con la terrible desgracia añadida, de perder uno de ellos. Y no fuera bastante con esto, sino que también, en su más tierna infancia, tuvo que hacer de madre o cuidadora, con sus dos hermanitos y su padre. Todo, después de fallecer su progenitora a consecuencia de un cuarto hijo que no pudo llegar a iniciar la vida. Hechos lamentables y corrientes en aquella lejana época y tiempos.

¿Cómo puede un frágil y simple ser humano soportar una realidad tan dura desde los primeros años de vida? La existencia del ser humano es realmente un misterio. El instinto de supervivencia, ese instinto que nos lleva a realizar actos realmente heroicos e imposibles de comprender, desde la perspectiva presente, y en una situación normal y acomodada. Y es, en estas situaciones extremas de dolor y miedo, cuando aparecen las creencias religiosas. Creencias inventadas por la soledad del ser humano en la inmensidad del universo.  Creencias para confortar, o dar un sentido al sinsentido de la vida. A la sinrazón.  Luego… ¡claro! los “gurús” y otros intermediarios entre lo sublime y lo humano llamados: “directores espirituales”. Sorprendentes personajes, que se revisten de una autoridad moral para dirigir psicológica y espiritualmente a las personas asediadas por las desdichas e infortunios. O sea, todas.

En tiempos antiguos, era costumbre, y se podía ver en la iglesia de mi barrio, un espectáculo sorprendente. Una multitud de mujeres en estricto orden y haciendo una cola sin final. Esperaban  ser recibidas en confesión, por un carismático “gurú”, o “cura”, que para más inri, y fácil uso,  usaba un nombre tan popular como “P. García”.

Sí, sí, pues en «este valle de lágrimas», como decía el renombrado presbítero. La Abuela, como cualquier otra mujer de su tiempo, tenía que soportar y cargar el peso de toda la familia y sus problemas, y lo que es peor: soportar  el peso de la ley divina que exhortaba a las pobres creyentes a aguantar toda clase de sacrificios y miserias. Todo y más, en nombre de un Dios exigente con este tipo de sumisión y sacrificio. Y la prestación. Recompensa asignada de una continuidad en otro lugar, o en otro mundo, o cielo, o paraíso, o edén inventado para contento y regocijo del ego personal. Ese ego robustecido, atocinado, o engordado.  Preservado de cualquier término o final.

En llegando a una edad en que los cambios hormonales de las mujeres se hacen evidentes, lógicos y naturales. Y los desequilibrios psicológicos pueden ser potenciados, o al menos, florecidos por un iluminado “P. García”, le llegó a la abuela –como luminaria divina-, una terrible esquizofrenia, que si no fuera suficiente con dicho mal denostado por la sociedad, fue tratada en clínica privada, por un “prestigioso” doctor, conocido y reconocido como:  “míster electroshock”, el cual, a pesar de su absoluta ignorancia sobre la psique humana -como todos sus colegas- trataba alegremente el cerebro de sus pacientes con descargas eléctricas cerebrales, que a bien como menos, los dejaba paralizados por una buena temporada, o les hacía saltar los dientes como palomitas de maíz. Así y todo, harto de ganar dinero y arruinar familias, con su afamada y dispendiosa clínica electrificadora, este pobre diablo terminó suicidándose como era de esperar.  No había otra alternativa.

Seguramente, la Abuela, después de visitar el infierno en varias ocasiones, tal vez pudo encontrar su verdad y su equilibrio. Y en su psique interna, alcanzó unos valores increíbles de libertad. ¡Hasta el punto de desechar toda ideología política y religiosa!. Despreciar toda opinión “experta”, y aborrecer todos los  convencionalismos sociales. ¡Era una mutación absoluta de su cerebro! ¡Una holística transformación!

La abuela2Obviamente, y a partir de este “insight”, la abuela rechazaba toda hipocresía y toda norma contraria a la condición natural humana.  Alcanzar este grado de libertad no fue fácil. Seguramente, tenía que ser una persona excepcional  -como un Buda- para poder prescindir o desechar cualquier opinión interesada del ambiente circundante y sobre todo, de la familia.

Así mismo, rechazaba los besos como forma de saludo, como forma de cortesía, como forma de apariencia. No sabía que los japoneses los rechazaban desde hacia milenios. No, no lo sabía ¡ni hacía falta! Pues entendía con claridad diáfana, que dichos besos eran una forma fácil de acallar conciencias y tapar intereses ocultos. Menos confesables.

Negaba la medicina y los médicos, por considerar, que la soberbia de estos, no era más que una forma torpe de ocultar su ignorancia.  Durante veinte años, luchó contra un cáncer sin más medios que sus propias energías. No fue fácil esta lucha, no, pues con unas pastillas Okal debía soportar los terribles dolores neurológicos, que como astillas cruzaban su cuerpo, atravesado de lado a lado sin más remedio ni compasión posible. Y así y todo, como no fuera bastante dolor, quedaba presente y sarcástica la incomprensión de quienes -crueles espectadores- decían:

–“Ella imagina esos dolores… Es una secuela de su lejana  esquizofrenia”.

Hacía treinta años…

–Papi, Papi; ¿Es aquel coche fúnebre que sale de la Clínica?

— Sí hijo, sí. Allí va la abuelita… camino del cementerio.

–Pero, Papi: Allí hay un grupo de gente, familiares, que se ríen. Festejan el paso del cortejo… Parece que se divierten con algún chiste que contaron ¡Me indigna, Papi!

–No te indignes, hijo. Más bien siente pena de ellos. Ahora, gozan creyéndose inmortales. Creen estar  liberados de una persona que les señalaba sus prejuicios y miserias. Una persona impugnable, que escribía sus detritus en hojas de papel blanco y dorado. Una persona pura. Inocente. Sin posibilidad de ser herida. Una rabia para ellos. En el fondo, odian a la abuelita como envidian a cualquier otra persona que sea libre. Que disfrute la libertad del ser humano. Integro. Inocente. Con la naturaleza virgen. Cualquiera que no tenga ataduras ni condicionamientos sociales. Es un sufrir para ellos.

-Sí, hijo, sí. Ellos creen en su ego, en la inmortalidad del mismo. A plena luz del día. Pero cuando llegue la noche, cuando llegue la soledad y el silencio del mismo universo, destaparán sus miserias con sus miedos y sus desdichas, y se verán como unos pobres gusanos, que arrastran su propio cadáver en vida. ¡Aferrados a la muerte!. Así.

–¡Papi, Papi! Se fue la abuelita, y sin darme un beso… ¿Por qué, por qué?

–No hacía falta, hijo. Terminó su vida para siempre, como todos los seres mortales de la tierra. Había destronado su ego. Lo había desterrado para siempre y por tanto, no esperaba nada, no necesitaba vida alguna. Ninguna reencarnación o continuidad en otro lugar posible.

Pero, así y todo. Nos dejó algo mucho más importante que un beso…

–¿Qué, Papi?

–Como decía el poeta: “Lo esencial es invisible a los ojos”

 

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