(Con motivo del acto presentación de la Revista de Soria el 3 de abril, 2018 en la Biblioteca de Andalucía, Granada, dedicada al escritor Manuel Villar Raso)

Manuel Villar Raso.

Cuando en noviembre de 2105 tuve noticia del fallecimiento de Manuel Villar Raso, quedé abrumado por la noticia. Hacía mucho tiempo que no conversaba con él, desde la feria del libro de Granada del año anterior, creo. No sospechaba que estuviese enfermo y mi única preocupación sobre él y su venerada persona era cuándo vería publicado en libro el manuscrito de Soria de los sueños rotos que había tenido la amabilidad de enviarme unos meses antes.

Tan aturdido quedé por la evidencia de su muerte que no se me ocurrió lamentarla de otra forma que haciendo lo que casi nunca hago: escribir una breve composición poética, la cual compartí con amigos y allegados en la red social que suelo frecuentar casi a diario.

No es el mejor epitafio ni el mejor recuerdo que merece Manuel, pero es tan sincero como cualquier otro sincero. Porque es el adiós y el lamento de un amigo.

 

Desnudo el infinito nos contempla.

Gime su luz blanca en la distancia.

Gime su luz blanca en el alma de los muertos.

 

El viento devora los gritos y el silencio.

El final acude sobre naves en llamas.

 

La noche prende miedo en sus refugios.

Las olas saquean cada herida

y la tierra sofoca lejanos lamentos,

muda en su horizonte de fuego y cenizas.

 

Ya acuden a la sombra de las dunas

esos días donde todos los días del pasado

se deshacen en recuerdo de la arena,

en nostalgia de una noche acogedora

donde habitan para siempre aquella música

y las voces de todos los amigos

que soñamos nunca ver marcharse.

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